viernes, 5 de febrero de 2010

Alicia en el País de las Maravillas

La cosa no tenía nada de muy especial; pero tampoco le pareció a Alicia que tuviera nada de muy extraño que el conejo se dijera en voz alta: "¡Ay! ¡Ay! ¡Dios mío! ¡Que tarde voy a llegar!" (cuando lo pensó más tarde, decidió que, ciertamente, le debía de haber llamado mucho la atención, mas en aquel momento todo le pareció de lo más natural); pero cuando vio que el conejo se sacaba, además, un reloj del bolsillo del chaleco, miraba la hora y luego se echaba a correr muy apresurado, Alicia se puso de pie de un brinco al darse cuenta repentinamente de que nunca había visto un conejo con chaleco y aún menos con un reloj de bolsillo.


... sus ojos se toparon de inmediato con los de una gran oruga azul, que la observaba imperturbable, sentada en el centro de la seta con los brazos cruzados, fumando un narguile y sin prestar la menor atención ni a Alicia ni a ninguna otra cosa.


La puerta conducía directamente a una gran cocina, totalmente llena de humo. En el centro estaba la Duquesa, sentada sobre un taburete de tres patas y con un niño en brazos. La cocinera se inclinaba sobre el fogón resolviendo con un cucharón un gran caldero lleno de sopa.
"¡Esa sopa tiene, desde luego, demasiada pimienta!", se dijo Alicia mientras se sacudía estordunando.
Donde si había demasiada pimienta era en el aire. Hasta la Duquesa estordunaba de vez en cuando; y en cuanto al niño, cuando no estornudaba, aullaba sin un momento de respiro.
Los únicos que no estornudaban en esa cocina eran la cocinera y un gran gato que estaba echado cerca del hogar, sonriendo de oreja a oreja.


La Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té frente a la casa, en una mesa dispuesta bajo un árbol; sin cuidado alguno apoyaban sus codos sobre un lirón que dormía profundamente entre ellos y hablaban sin más por encima de su cabeza.
(...)
La mesa era bien grande, y, sin embargo, los tres se habían agrupado muy juntos en torno a una esquina. "¡No hay sitio! ¡No hay sitio!", se pusieron a vocifear apenas vieron que Alicia se les acercaba. "Hay sitio de sobra", replicó Alicia indignada sentándose en una amplia butacona que estaba arrimada a un lado de la mesa.


El primer testigo era el Sombrerero. Compareció llevando una taza de té en una mano y un trozo mordisqueado de pan y mantequilla en la otra. "Ruego a Vuestra Majestad que me perdone", empezó diciendo, "por traer aquí estas cosas, pero es que cuando me ordenaron que compareciera no había terminado aún de tomar el té".